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De los caciques del agua a la Mendoza de las acequias : cinco siglos de historia de acequias, zanjones y molinos

by Jorge Ricardo Ponte; Instituto de Ciencias Humanas, Sociales y Ambientales (Mendoza); Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Argentina); Obra Social de Empleados Públicos de la Provincia de Mendoza.

  Book

Prefacio y Prólogo   (2013-05-17)

Very Good

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by jorgericardoponte

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DE LOS CACIQUES DEL AGUA

A LA MENDOZA DE LAS ACEQUIAS

<h3>Cinco siglos de historia de acequias, zanjones y molinos</h3> <div class="MsoNormal" style="text-align: center;">
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“de los caciques del agua a la Mendoza de las acequias. Cinco siglos de historia de acequias, zanjones y molinos” ; 442 páginas. Ediciones “Ciudad y Territorio” INCIHUSA - CONICET; 2006. ISBN 950-692-062-1. Precio U$S 58.00 /$260,00 pesos argentinos.

El libro da cuenta del nacimiento y refuncionalización de un sistema hídrico basado en acequias de riego; del sistema lagunar del Rosario o de Guanacache; de la primitiva administración del recurso hídrico; de los planos por litigios de tierras que dan cuenta de la red hídrica hacia mediados del 1700; de la aparición del zanjón como quiebre y reorganización del sistema hídrico de la ciudad colonial; de las acequias, zanjones y molinos en los planos históricos de la ciudad de mendoza; de la historia de los molinos hidráulicos; de la cultura de las acequias; de las acequias como referentes del imaginario social; del tiempo cuando las acequias urbanas fueron puestas en discusión;  del cambio de registro de la realidad territorial e hídrica en el siglo XX en la actual Área Metropolitana de Mendoza.

Se trata de un relato que abarca casi 500 años, delimitados por la situación hipotética previa a la llegada de los españoles en 1561 y el presente. De historia del agua en Mendoza y de la forma en que ésta moldeó a esta ciudad. Intentamos mostrar las maneras en que el agua, ya sea regulada: mediante los canales y acequias; o no-regulada: fruto de las bajadas aluvionales e intempestivas de la precordillera que bordea a la Ciudad de Mendoza; y que a través de zanjones y ríos secos, impuso sus condiciones y sus consecuencias sobre la forma y la estructura urbana. De las distintas y sucesivas racionalidades que se impusieron a la ocupación de este oasis que constituye Mendoza.

Esta investigación se asienta en un intento pionero de hacer arqueología histórica hidráulica. Explorando los distintos estratos antiguos, para encontrar el rastro de los arcaicos zanjones, la huella y la perdurabilidad de las antiguas acequias; su incidencia en la conformación de un primitivo sistema viario ligado a estos cursos de agua y los molinos hidráulicos que prosperaron a lo largo de los mismos.

Este libro sobre la historia de acequias y zanjones mendocinos también constituye la publicación más completa de planos hídricos de Mendoza hecha hasta la fecha: 156 planos y 78 ilustraciones y fotografías, incluyendo 9 planos inéditos del Archivo Nacional de Chile y 19 planos inéditos de archivos argentinos.

La cultura del agua en Mendoza es la yuxtaposición de esfuerzos de varias generaciones y de varias culturas en un mismo territorio, largamente historizado por la herencia huarpe , del aporte español y del inmigrante extranjero.

Este relato constituye, asimismo, una renovada visión acerca de aquella comunidad huarpe que pobló la primitiva Mendoza, aquellos huarpes que perdieron sus tierras, vieron desperdigarse a sus hijos y llevarlos a trabajos forzados allende la cordillera de los Andes y de quienes sólo el rastro de sus acequias quedó. Y que, si no fuera por ellas, que conservaron los nombres de sus caciques, habrían desaparecido del todo. No digamos de la historia, que los ha ignorado, sino de la memoria colectiva, aunque su legado no fue para nada menor: un sistema hídrico base del desarrollo de toda la comunidad mendocina.

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INTRODUCCIÓN

I.       NACIMIENTO Y REFUNCIONALIZACIÓN DE UN SISTEMA HÍDRICO BASADO EN ACEQUIAS DE RIEGO.

II.       PLANOS POR LITIGIOS DE TIERRAS QUE DAN CUENTA DE LA RED HÍDRICA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XVIII.  

III.       LA APARICIÓN DEL ZANJÓN [1757 C.] COMO QUIEBRE Y REORGANIZACIÓN DEL SISTEMA HÍDRICO DE LA CIUDAD COLONIAL.

IV.       ACEQUIAS, ZANJONES Y MOLINOS EN LOS PLANOS HISTÓRICOS DE LA CIUDAD DE MENDOZA.

V.       LOS MOLINOS HIDRÁULICOS.

VI.       LA CULTURA DE LAS ACEQUIAS.

VII.       EL CAMBIO DE REGISTRO DE LA REALIDAD TERRITORIAL E HÍDRICA.

VIII.       EPÍLOGO SOBRE EL RASTREO HISTÓRICO DEL SISTEMA HÍDRICO DEL OASIS DEL ÁREA METROPOLITANA DE MENDOZA.

 

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<a name="_Toc116528608">Prefacio </a>

Mendoza, La ciudad, el agua y el tiempo

 Mendoza, ciudad milenaria... la expresión puede parecer exagerada para una ciudad fundada por los españoles en 1561, y donde la memoria colectiva no puede sostenerse sino en insignificantes detalles del pasado: las ruinas del antiguo convento de los jesuitas (Iglesia de San Francisco); el reciente museo de historia donde se conservan algunos recuerdos del primer asentamiento de la capital regional, destruida por el gran terremoto de 1861; la fuente monumental hoy enterrada bajo la plaza del antiguo cabildo (área fundacional)...

Desde mediados del siglo XIX, la dinámica demográfica y la vitalidad económica de Mendoza contribuyeron ampliamente a borrar los rastros de los tiempos precedentes, en una preocupación constante de afirmar la modernidad de la ciudad y el coraje de sus habitantes. En muchos aspectos, y guardando las proporciones, el desarrollo urbano de Mendoza recuerda al de São Paulo, cuyos vestigios del tiempo colonial se limitan a uno o dos trozos de paredes que pertenecían a la antigua misión jesuita, y donde los edificios de principios del siglo XX son hoy considerados curiosidades históricas.

Con todo, existe todavía, en la estructura urbana, un elemento esencial que recuerda tiempos lejanos, generalmente olvidado por las nuevas generaciones: las acequias. Ya no se las ve porque forman parte del decorado, como los árboles, las aceras o los parques urbanos. Sin embargo aquí están, siguiendo o dibujando el trazado de las calles, formando una madeja compleja que da a la ciudad su verdadera identidad y le permite reivindicar el título de ciudad milenaria, puesto que este elemento que estructura el tejido urbano remonta a la época precolombina.

El libro de Jorge Ricardo Ponte repara, por lo tanto, una doble injusticia: por un lado, devuelve a la acequias el lugar que les corresponde en la formación del territorio y del paisaje urbano; y por el otro, devuelve a la Ciudad de Mendoza la profundidad temporal de la que ella misma se ha privado al limitar su existencia a la llegada de los españoles en el siglo XVI y dejando de lado una buena parte de su heredad histórica y más particularmente indígena. A la escala de la antigua Provincia de Cuyo, o inclusive de la Argentina, esto sería desde ya una obra saludable, pero el trabajo realizado en la sede del CRICYT-Mendoza sobrepasa largamente la base territorial de la nación argentina.

En efecto, la historia de las relaciones entre el agua y la ciudad interesa a toda la comunidad científica, ya que permite establecer comparaciones entre los distintos métodos de manejo y control del agua en diferentes sociedades, a la vez que en el tiempo y en el espacio. Ahora bien, el caso de Mendoza aparece como excepcional, ya que aunque técnicas similares pudieron aplicarse en otras civilizaciones, en América u otros continentes, se puede considerar que solamente las acequias cavadas inicialmente por los Huarpes, luego mantenidas y reorganizadas por los conquistadores ibéricos, siguen funcionando y cumpliendo sus funciones de abastecimiento, de riego y de drenaje en la ciudad contemporánea. En este sentido, la obra de Jorge Ricardo Ponte no consiste solamente en conservar la memoria de una técnica hidráulica que largamente ha hecho su prueba a lo largo del tiempo: él asienta las bases de una reflexión sobre el ordenamiento actual de los espacios urbanos y sobre el uso razonable del recurso hídrico, en un contexto donde las tensiones se vuelven cada vez más fuerte entre los diferentes usuarios (agricultores, industriales, ciudadanos) y donde los poderes políticos deben reflexionar  sobre aquello que las organizaciones internacionales y la sociedad civil han tomado la costumbre de llamar el “desarrollo sustentable”.

En este sentido, Ponte nos obliga a reconsiderar una serie de conceptos y de nociones muy utilizados, pero a menudo de manera incorrecta (como es el caso de los "ecosistemas urbanos"), o que no recibieron la recepción que merecían: tal es el caso del concepto de "acuosidad urbana" desarrollado por André Guillerme a partir de sus trabajos sobre la ciudad en la Francia del Norte, entre la Edad Media y los tiempos modernos<a name="_ftnref1">[1] </a> . Palabra formada sobre el latín “aquositas”, afrancesada en el siglo XVI, la acuosidad urbana tiene, en primer lugar, un valor social: es la expresión cualitativa de una sociedad respecto a su medio sensible. Pero, en la acepción de André Guillerme, este término envuelve también, sobre todo, formas de sociabilidad, familiarización y cotidianidad con el agua - como cuando los niños de Mendoza iban en el verano a bañarse desnudos en las acequias que colindaban con sus casas. Se trata, pues, de un enfoque cultural del agua en la ciudad, un enfoque que explica la ambigüedad de las relaciones que los habitantes mantienen con este elemento a la vez vital y peligroso, más cuando puede verse y tocarse - es decir, cuando no se oculta bajo la tierra o está inaccesible. El habitante de la ciudad posee en efecto una cultura del agua que le es propia y de la que no puede deshacerse, ya que está alimentada por su experiencia cotidiana y por sus referencias culturales.

En Italia, y más concretamente en Roma, desde Frontino (autor de Los acueductos de la ciudad de Roma ) hasta las películas de Fellini (La Dolce Vita ), y pasando por la música de Respighi, este rol es cumplido por las fuentes monumentales. Ha perdurado la tradición de lanzar una moneda en la fuente de Trevi pidiendo un deseo, para estar seguro de volver allí algún día<a name="_ftnref2">[2] </a> . En Francia, en cambio, son los puentes los que ocupan en el imaginario de los parisinos el lugar que deberían ocupar las acequias en el de los mendocinos: el gran poeta Guillaume Apollinaire cantó al puente Mirabeau ("bajo el Puente Mirabeau corre el Sena, y nuestros amores, el me lo hace recordar... " ); el Puente Nuevo (en realidad el más antiguo de la capital) fue envuelto por Christo <a name="_ftnref3">[3] </a> antes de ser él, objeto mismo de una película de Léo Carax (Los amantes del Pont Neuf ); la estatua del Zouave del Puente de Alma sirve siempre de referencia para medir las crecidas del Río Sena, como el antiguo nilómetro permitía a los Egipcios evaluar las crecidas del Nilo y prever la próxima cosecha...

Con todo, en Europa, cuando la Edad Media fue borrada progresivamente por el Renacimiento y los tiempos llamados "modernos" , el agua en la ciudad conoció un largo período de menosprecio y decadencia. Esta actitud se explica por causas culturales y técnicas, ya que no se descubrió drásticamente que el agua estancada y los excrementos podían apestar, ni que las zonas pantanosas ponían en peligro la salud pública, como magistralmente lo demostró Alain Corbin en su libro, El miasma y el junquillo <a name="_ftnref4">[4] </a> . En realidad, numerosas eran las actividades proto-industriales que necesitaban humedad para desarrollarse (tejido, curtidurías, armas de fuego, imprenta). Hasta mediados del siglo XVIII, los principales protagonistas económicos no necesitaban de un agua corriente sino de un agua estancada, ya que la fermentación y la maceración desempeñaban un rol central en los procesos de fabricación y transformación de los materiales: agua ácida para blanquear las telas; borra de vino y sangre para los tintes; ceniza de madera, vinagre, orina, excremento de gallina o de cerdo para fijar los colores; paredes húmedas cubiertas de salitre, materia prima utilizada en la elaboración del polvo negro; grandes tanques donde se pudrían los trapos viejos que se volvían pasta para hacer papel... en las curtiembres, se dejaba la piel de los animales desollados en remojo en agua y tanino (extraído de la corteza de la encina) y se los hacía hinchar varios meses en cubas llenas de agua y materia fecal para ablandarlos. Delante de la puerta de los tejedores y tintoreros, se colocaban algunos barriles para recoger la materia prima (la orina) benévolamente depositada por los transeúntes.

Estos son los cambios tecnológicos que implicaron el rechazo de un agua que iba a ser, en adelante, considerada sucia y peligrosa, en vez de percibirse como un elemento esencial en los procesos de producción: a partir del momento en que se necesitó menos del agua estancada, sólo se tomaron en cuenta sus defectos. Ahora bien, en la industria textil, la química mineral sustituyó rápidamente a la química orgánica: se necesitaba pues de un agua clara, y no de un agua sucia. En 1786, la aparición del agua de Lejía revolucionó el blanqueo de las telas y del papel. Se utilizaba agua bajo presión, y no más un agua estancada, para lavar los tejidos. De la misma manera, en el siglo XIX, el papel se fabricó a partir de la celulosa extraída de la madera: no era ya necesario hacer macerar trapos durante semanas en cubas que apestaban y que se calentaban bajo el efecto de la fermentación. Al mismo tiempo, con la evolución de las tácticas militares, quedaron obsoletos las murallas y los fosos que rodeaban las ciudades. Las zanjas utilizadas para la defensa (y también, a menudo, para la pesca) se rellenaron, implicando ello la desaparición de un agua que, durante siglos, había formado parte de los paisajes urbanos.

Por último, el uso del vapor dio el golpe de gracia a los molinos hidráulicos que habían modelado barrios enteros de algunas ciudades del norte de Francia, enteramente dedicados a la industria textil, como el barrio Saint-Leu, en Amiens. La comparación con la historia de los molinos de Mendoza, respecto de los cuales Jorge Ricardo Ponte y Paola Figueroa encontraron rastros en los archivos históricos, en los planos antiguos e in situ , resulta aquí rica en perspectivas de investigación. Al describir la historia mal conocida de estas máquinas hidráulicas, recuerdan la importancia para la economía regional de un sistema de producción estrechamente vinculado con el agua, pero que hoy ha desaparecido completamente.

En Europa, y también en América, las teorías higienistas del siglo XIX condujeron a ocultar y cubrir las corrientes de agua, puesto que el agua sucia, el agua industrial, aparecía como una molestia y un peligro para la colectividad. En vez de curar el mal limitando las fuentes de contaminación, se decidió ocultarlo, cubriendo los ríos y canales más contaminados. Por ello en París, el río Bièvre, que abastecía las manufacturas de los Gobelinos desapareció bajo el asfalto, mientras que en Marsella el río Jarret se convirtió en un bulevar circular. En México, la misma suerte conoció el río del Consulado, cuyas riberas se podían aún bordear a principios de los años cincuenta, pero que desde aquel entonces ha sido cubierto por las múltiples vías del Circuito Interior.

Los barrios directamente vinculados con el agua, como el barrio Saint-Leu de Amiens, cruzado por varios brazos del Río Somme, canalizado desde la Edad Media para proporcionar energía hidráulica a los talleres de tejido, sufrieron de golpe este cambio de situación. Los antiguos molinos, las manufacturas y las casas de los obreros de la industria textil se deterioraron, antes de ser ocupados por habitantes pobres, marginalizados, a menudo de origen inmigrado. Desde el siglo XVIII, se suprimió la mayor parte de los canales, aunque el barrio conservó su apodo de "Venecia picarda", en referencia al arquetipo universal de la ciudad lacustre.

Como la misma política tiene los mismos efectos, los canales que formaban la trama urbana de México-Tenochtitlán antes de la llegada de Cortés se rellenaron o se cubrieron entre el tiempo de la Conquista y el principio del siglo XX. Por razones estratégicas, económicas o políticas, los dirigentes españoles (luego mexicanos) eligieron destruir los sistemas hidráulicos que habían diseñado los aztecas con el fin de sacar provecho de todos los recursos de los lagos circundantes. Los trabajos de desagüe empezados en 1607 bajo la dirección de un ingeniero de origen alemán, Enrico Martínez, y oficialmente concluidos en 1900, bajo los auspicios de Porfirio Díaz, han causado la desaparición no solamente de un medio ambiente muy particular, sino también de los últimos paisajes urbanos heredados de la época precolombina<a name="_ftnref5">[5] </a> .

Por todo ello, surge particularmente importante no solamente conservar la memoria de las acequias de Mendoza, sino, como hace Jorge Ricardo Ponte en esta obra, de intentar comprender cómo y por qué ellas continúan funcionando, a fin de explicar a los citadinos/ciudadanos su utilidad para la ciudad contemporánea. De hecho, en los países industrializados, la sociedad urbana había cortado sus vínculos tradicionales con el mundo complejo de las aguas de superficie. Sin embargo, desde los años 1970-80 se puede observar un cambio de tendencia, un redescubrimiento de la "cultura del agua". En este ámbito, seguramente Japón ha desempeñado el papel de precursor. Gracias a una industrialización que fue mucho más rápida que en los países europeos (solamente dos generaciones, contra seis o siete en Francia), los habitantes de las ciudades no rompieron con su pasado. No abandonaron su relación intelectual y sensible con los paisajes acuáticos que ocupan siempre un lugar central en la memoria colectiva y las experiencias individuales. A pesar de las transformaciones recientes y a menudo drásticas de la sociedad japonesa, el conocimiento íntimo de los “meisho”<sup> </sup> <a name="_ftnref6">[6] </a> forma parte del universo diario de los habitantes del archipiélago y ello ejerce una influencia directa sobre su práctica de los espacios urbanos.

Por ello, en algunos barrios de Tokio, antiguos arroyos transformados en cloacas fueron canalizados y ocultados, antes de ser rehabilitados para mantener la ilusión de la naturaleza en la ciudad. En la superficie, al nivel de la calle, los arquitectos diseñaron ríos artificiales con el propósito de reconstruir lugares de sociabilidad. La religión sintoísta jugó un papel importante en estas decisiones urbanísticas, puesto que los expertos tomaron en cuenta la existencia de los pequeños espíritus del agua, los “kappas”, a los cuales los japoneses están muy apegados. Estos batracios míticos tienen una cara de tigre, una boca puntiaguda, y en la cumbre de su cráneo aparece un hueco que contiene una pequeña cantidad de líquido: si éste falta, debe llenarse con sangre de animales o con el agua que los niños traen o jalan desde abajo. Para permitirles prosperar a los japoneses sin poner en peligro la vida de los chavales, la profundidad máxima de estos ríos artificiales trazados sobre los antiguos arroyos no sobrepasa los veinte centímetros<a name="_ftnref7">[7] </a> .

De la misma manera, en Francia, el barrio de Saint-Leu de Amiens ha sido enteramente rehabilitado en nombre de la protección del patrimonio, para convertirse hoy en día en una de las atracciones de la capital picarda: los canales están cuidadosamente mantenidos, las casas en ruinas se renovaron y nuevas actividades (turísticas y comerciales) se desarrollaron gracias al apoyo logístico y financiero de la alcaldía y de las autoridades regionales. La comparación con Mendoza es aquí tanto más pertinente ya que el tejido urbano de Saint-Leu no es sino una herencia de antiguas estructuras agrarias reutilizadas durante la Edad Media, cuando la ciudad se extendió hacia el fondo del valle para utilizar mejor el potencial hidráulico del Río Somme<a name="_ftnref8">[8] </a> . La trama viaria, el parcelario y el tejido urbano del barrio reflejan la organización que prevalecía sobre estos terrenos pantanosos, cuando los usos del suelo eran todavía esencialmente agrícolas<a name="_ftnref9">[9] </a> .

Ahora bien el sistema actual de acequias que sirvió de trama al tejido urbano de Mendoza, fue en sus inicios concebido para permitir el riego de los campos de la comunidades aborígenes locales y eso, como lo destaca Jorge Ricardo Ponte en este libro, desde hace 1.700 años.

El ejemplo de Mendoza nos enseña hasta qué punto un trabajo sobre la larga duración parece indispensable para comprender mejor el ordenamiento de los territorios y las sociedades urbanas: el enfoque puramente geográfico, a veces tributario de un tiempo demasiado corto, de una cronología demasiado próxima, no debe enmascarar el hecho que la ciudad es el resultado de un largo proceso de formación y evolución, a cuyas etapas más antiguas no debe descuidarse. No debe sorprendernos ver que Jorge Ricardo Ponte, antiguo alumno de Bernard Lepetit en la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales de París [EHESS], siguiendo las huellas de uno de los más famosos historiadores franceses, no dude al emplazar su investigación en el marco de una “larga duración” [más de 500 años] heredera de la geohistoria braudeliana .<a name="_ftnref10">[10] </a> Como Ponte mismo dice en su introducción, se trata «de vincular los procesos históricos culturales con los espaciales» .

La herramienta elegida para llevar a buen puerto esta investigación es, demás está decirlo, una herramienta de referencia tanto para los geógrafos como para los historiadores, ya que se trata del plano o el mapa. Y es allí, sin ninguna duda, donde se encuentra uno de los más grandes aportes de esta obra, la cual no se contenta con ofrecer al público una compilación casi exhaustiva de todas las representaciones cartográficas de Mendoza, desde sus orígenes hasta nuestros días. Aunque estemos en presencia de aquello que se llama un «libro de arte» sobre el plan editorial, De los caciques del agua a la Mendoza de las acequias no es solamente un catalogo ilustrado, acompañado de explicaciones pertinentes y de interpretaciones siempre juiciosas: es, antes que nada, la exposición de un método de trabajo que se apoya sobre los documento antiguos para hacerles hablar utilizando todos los recursos de la informática moderna. Y en este campo, el trabajo realizado es impresionante. Los planos dañados o poco legibles se volvieron a dibujar respetando escrupulosamente la información original, la semiología gráfica y hasta el estilo del autor. En cuanto a los mapas temáticos realizados en la sede del Cricyt-Mendoza, a partir de fuentes históricas variadas, pueden ser considerados como verdaderos modelos.

Como hemos visto, la envergadura de esta obra sobrepasa entonces largamente las fronteras de la provincia de Mendoza y ella participa en una reflexión mucho más amplia sobre el agua y la ciudad, en una perspectiva interdisciplinaria situada al entrecruce de numerosas ciencias sociales: geografía, historia, antropología, sociología, arquitectura y urbanismo. Más allá de que Ponte nos propone a todos los universitarios un nuevo objeto de estudio, se puede pensar que esta obra tendrá, sin dudas, una utilidad adicional, más política diríamos: ayudar a repensar el ordenamiento del territorio urbano en la región metropolitana de Mendoza. De esta manera, el proyecto científico responderá también a una demanda social, ésa que está en la finalización exitosa y lógica de toda investigación « comprometida » donde los resultados, los más destacados, deben estar al servicio de la comunidad de los ciudadanos.

Alain Musset

É cole des Hautes Études en Sciences Sociales de Paris

EHESS - Grupo de geografía social

y estudios urbanos, 2004

 

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<a name="_ftn1">[1] </a>  Guillerme, André, Les temps de l’eau. La cité, l’eau et les techniques. Seyssel, Champ Vallon, 1990.

<a name="_ftn2">[2] </a>  Este ritual es lucrativo para los mendigos que recogen las monedas dejadas por los visitantes, aunque el municipio de Roma reivindica la posesión de este pequeño tesoro.

<a name="_ftn3">[3] </a>  Christo Javacheff, nacido en Bulgaria en 1935, artista pionero del "land-art", que ya ha envuelto muchos monumentos en el mundo (hasta islas enteras en EE-UU) y, particularmente, ha envuelto el Pont-Neuf en 1985.

<a name="_ftn4">[4] </a>  Corbin, Alain, 1982, Le miasme et la jonquille. Paris, Champs Flammarion.

<a name="_ftn5">[5] </a>  Musset, Alain, 1992, El agua en el valle de México, siglos XVI-XVIII. México, DDF-CEMCA.

<a name="_ftn6">[6] </a>  De “mei”: reputación y “sho”: lugar. El “meisho” es un lugar notable, cantado por los escritores, reproducido ad infinitum por los pintores, y muy conocido de los habitantes de la ciudad.

<a name="_ftn7">[7] </a>  Guillerme, André, 1990, Tokyo et l’aménagement de ses eaux de surface, Paris, Metropolis, n° 92-93, pp. 63-70.

<a name="_ftn8">[8] </a>  Musset, Alain, L’agriculture sur l’eau en milieu urbain : les hortillonnages d’Amiens et les chinampas de Xochimilco, Bulletin de l’Association de géographes  français, Paris, AGF, n° 3, 2003, pp. 325-337.

<a name="_ftn9">[9] </a>   Se trata del sistema agrícola de los “hortillonnages”, comparable al de los “chinampas” de México. Huertas muy productivas están ubicadas en medio de los estanques formados por el río Somme y divididos en islotes separados por estrechos canales de drenaje (los "rieux"). Eran generalmente de forma rectangular y sólo cubrían algunas decenas de metros cuadrados, con el fin de conservar la humedad necesaria para la producción de las verduras destinadas a la ciudad vecina. El reparto de las parcelas no era homogéneo: algunas estaban cercadas por una o más zanjas (o por uno estanque); otras estaban aisladas y no disponían de un acceso directo a las aguas de río Somme o sus afluentes.

<a name="_ftn10">[10] </a> Publicado en 1949, “El Mediterráneo en tiempos de Felipe II” marca una ruptura epistemológica en las concepciones tradicionales de la geografía histórica. La geohistoria aparece como una nueva manera de estudiar les relaciones entre las sociedades y los territorios, situando sus relaciones en los periodos largos que ponen en valor las evoluciones, las rupturas y les continuidades de los diferentes modos de ocupación del espacio.

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 <a name="_Toc88920610">A </a> la manera de prólogo

-Si te persigue un duende,

hay que buscar un río o una acequia y saltar,

porque los duendes no cruzan el agua…

Creencia del mundo andino

 

El agua ha sido, desde siempre, un recurso insuficiente. En Mendoza desde tiempos antiguos se ha tenido conciencia de esta escasez. Por ello, a partir de su fundación española en 1561 hubo de regularse para que todos los vecinos, a su tiempo, pudieran aprovecharla. Esta temprana socialización del uso del agua se hacía mediante embanques y derivaciones de un canal a otro, de una acequia a otra. Así, a pesar que el agua estaba siempre presente, iba circulando por un lugar u otro mediante sucesivos turnos de riego.

Cuando yo era niño vivía en la calle Manuel A. Sáez de Pedro Molina. Por la esquina de mi casa corría el entonces canal Tovar . No conocíamos su nombre, lo llamábamos “el canal”. Me advertían que tuviera cuidado porque a una niñita se la había llevado la corriente y se contaba que la habían encontrado ahogada, unas cuadras más abajo, en la compuerta de una antigua curtiembre que estaba en la esquina de Alberdi y Aristóbulo del Valle [allí hubo molinos, movidos por esta acequia, desde la fundación misma de la ciudad] Aún así, desafiando las advertencias nos arriesgábamos a recorrer el canal por dentro, agachándonos, raspándonos con sus estrechas paredes, ensuciándonos con la basura que arrastraba y mojándonos cuando llevaba agua. Entrábamos por una calle y salíamos por otra. Toda una aventura que nos exigía ser cautelosos en no revelar el secreto.

Del Tovar nacía la acequia de tierra que pasaba por el frente de mi casa. Como el agua se daba por turnos, a veces, ésta no corría por nuestra acequia. Para jugar a las carreras de barquitos íbamos a abrir, irresponsablemente, la compuerta del canal para que pasara el agua por nuestra acequia y poder hacer, así, nuestra propia regata. También la abríamos cuando hacía mucho calor y nos gustaba charlar sentados en los puentes de la acequia, con nuestros pies descalzos inmersos en el agua fresca; o cuando necesitábamos regar, con un tacho de aceite en el extremo de un palo, la calle de tierra en la que vivíamos, para aplacar el polvo que levantaban los coches al pasar [Repetíamos, sin saberlo, un ritual que los mendocinos ya venían haciendo desde siempre. El estudio de la historia local me lo develaría después].

<a name="_Toc88921344"></a> <a name="_Toc88920611">Foto de compuerta y acequia. </a>

Entre las acequias y las veredas hay un espacio intermedio que suele cubrirse con pasto o, simplemente, de tierra. Las veredas mendocinas tienen, como remate, una banda de cemento alisado por donde hacíamos circular réplicas, en plástico, de autitos de turismo carretera de la época, rellenos con masilla, para hacerlos más pesados, ya que de tan livianos eran inestables. Organizábamos competencias lanzando, a su propio impulso, a los autitos por estas sendas. La parte más peligrosa era cuando debíamos hacerles cruzar los puentes, ya que corrían el peligro de caer en la acequia y que se los llevara la corriente. Las acequias eran, de una u otra manera, el centro de nuestros juegos infantiles.

Por esa época, años ’50-’60, el cine Recreo de Pedro Molina, estaba en su apogeo. Tenía una sede cerrada para el invierno y otra sala al aire libre para el verano, con piso de ripio. Los domingos íbamos a la función matinée. Las películas favoritas eran las de “coboys” . Me asustaban, pero igual me gustaba ir a verlas. Una escena se repetía en cada una de ellas, o al menos así me parecía a mí, y siempre tenía el mismo impacto: una carga de indios a galope. Cuando la pantalla se llenaba de los indios enardecidos en malón, con sus caballos “en pelo” y clavando sus lanzas, yo me escondía detrás de la butaca hasta que pasara el peligro. Aunque hiciera el ridículo, no podía evitarlo...

Este asunto de la venida de los indios en malón me preocupaba más allá de la salida del cine. En mi mente infantil elaboraba estrategias para defenderme, si acaso a los indios, de cuya existencia, ni se me ocurría dudar, se les pasaba por la cabeza venir a Mendoza. Por eso, con mucha seriedad y ante la risa de los mayores, le preguntaba, obsesivamente, a mi madre:

_ ¡Mamá!: ¿Los indios no pueden venir a Mendoza? ¿Se caen al Zanjón?

Se me ocurría que no, que no iban a poder saltar con sus caballos el Zanjón , ya que por ser éste muy ancho y profundo, se iban a caer dentro y se los iba a llevar la corriente. Es decir, el Zanjón me garantizaba estar a resguardo.

Con el paso de los años devine arquitecto y estudié primero, y pude conocer, personalmente después, los castillos medievales y otros no tanto, con sus zanjones para protegerse de los ataques enemigos. Solución defensiva que yo ya había previsto de niño, cuando no sabía que “los indios” ya habían estado en Mendoza y que ese canal, precisamente, en el que jugaba, había regado las tierras de un cacique verdadero : el señor de este valle y tierras huarpes: Dⁿ Felipe Esteme. Podía haber indios diferentes, y de hecho los hubo, a los Sioux del far-west” que me asustaban desde el cine.

<a name="_Toc88921345"></a> <a name="_Toc88920612">Foto del Canal Zanjón en su tránsito por la ciudad en época de corte de agua </a>

El Zanjón , obviamente en mi caso, era el Canal Cacique Guaymallén , que está 50 metros más hacia el oeste, cruzando la calle Alberdi, donde empezaba, por entonces, un cañaveral [lugar obligado para buscar las cañitas para los volantines del mes de agosto, el mes de los vientos] que desapareció para dar paso a un carril costanero rápido. También íbamos a bañarnos desnudos en el Zanjón en las siestas calurosas del verano [a un viajero extranjero le llamó la atención, en el siglo XIX, que las mujeres se bañaran desnudas en el canal Tajamar] o a buscar piedras chatitas para jugar al Tejo , un juego del mundo andino que hoy, entre nosotros, se ha perdido, reciclándose en un juego playero con tejos “de madera”.

También cuando corría poca agua, obviamente, para ir a la escuela, bajábamos y cortábamos camino por dentro del Zanjón, saltando de piedra en piedra. Luego cruzábamos “la costanera” (¿en un lugar donde no hay costa? ¿Ni de río ni de mar? Sí, la costanera del Zanjón ) para ir a la Feria Municipal, en el solar donde había estado el antiguo Cabildo de Mendoza, dato que, por supuesto, todos –vecinos incluidos- ignorábamos.

Así, el mundo de mi infancia lo dividía el Zanjón . Del Zanjón para allá estaban: el centro, el tranvía, la plaza Pedro del Castillo, la Feria y mis escuelas: José Federico y Mariano Moreno. Hacia acá del Zanjón : el canal, mi calle, mi casa. Por ello, de niño no podía concebir a Mendoza sin canales, ni acequias, ni Zanjón . De grande -educación mediante- lo olvidé. Tuve que reencontrarme con ellos después de terminar mis estudios universitarios y, más precisamente, cuando viví en Italia, cursando estudios en restauración de monumentos. Hablando de nuestro patrimonio, yo intentaba explicarles a mis compañeros y profesores que vivía en una ciudad con acequias en las calles, ¡en todas las calles! Era el único rasgo de rareza u originalidad que yo creía podía seducir a mis colegas extranjeros respecto de mi lejana ciudad, la que, en comparación con Florencia, parecía no tener patrimonio, al menos, eso me habían enseñado en la escuela y en la Facultad.

Paradójicamente, fue en Italia donde comprendí la necesidad que había de contar la historia de la ciudad, porque entendí que no se puede preservar lo que no se conoce y no se valora. Como quien cuenta la historia de la familia al calor de los álbumes de fotos viejas, se fue armando un relato que luego se plasmó en un libro: Mendoza, aquella ciudad de barro [1987]. Obra en la que empecé a destacar la trascendencia de las acequias y zanjones en la historia de la ciudad. Grande fue mi sorpresa al ver, en el origen de estos canales, y como hacedores de este patrimonio cultural a nuestros aborígenes: los huarpes .

Pero, aquel trabajo, aunque completo para la ciudad, estaba aún en deuda con el territorio que hoy contiene al Área Metropolitana de Mendoza. Aquella pregunta inicial a mi madre se transformó, posteriormente, en una interpelación más intelectual a Mendoza, a la otra madre-tierra , en una cuestión que remite al origen-agua, ese elemento esencial que hace posible la vida, más en esta región semidesértica y con características de oasis. Por eso, años después, postulé para promover esta investigación, de manera de cumplir aquella deuda pendiente con el oasis mendocino y con aquel niño que permanece en mí. Para poder explicarle a otros niños, y a grandes que forman niños, la historia de Mendoza vista desde la historia del agua.

Como tantos otros mendocinos y sin proponérmelo, fui un testigo ayer y sería un portavoz hoy, de la participación y significación de las acequias en la vida cotidiana. Esa que, precisamente, por su obviedad, no suele quedar en el registro histórico, apenas sí, en la literatura costumbrista de la que Mendoza no cuenta, o no están difundidos, demasiados ejemplos. Las acequias y zanjones han estado, sin embargo, presentes genuinamente en la poesía y en las canciones cuyanas. Aunque, también cabe decirlo, se ha construido, paralelamente y respecto de ellas, un discurso más retórico y rimbombante, que de manutención efectiva y preservación. Hacia comienzos de marzo, época de festejos vendimiales, reaparecen hasta el hartazgo los discursos y las imágenes acerca de las acequias, los surcos y el vino. Luego sobreviene el olvido, hasta la próxima vendimia…

Así, en todos los barrios del Gran Mendoza hay siempre un zanjón de referencia local y todos los usamos para precisar las distancias: pasando el zanjón, antes del zanjón, cruzando el zanjón… El lenguaje, que de todo lo importante da registro, deja algunas palabras fijadas al discurso de lo cotidiano y precisamente por ello, poco sensibles a toda su conciencia. 

Decía Italo Calvino <a style="mso-footnote-id: ftn1;" name="_ftnref1" href="#_ftn1">[1] </a> que: “las ciudades no cuentan su historia... sino que la contienen como las líneas de una mano”. Mirando mi palma no veo en ella a las líneas del corazón o de la vida, esas líneas se me representan: el zanjón, las acequias, los canales...de Mendoza. ¿Habrá vislumbrado Calvino esta posibilidad cuando, tan poéticamente, describía el atajo para conocer el alma de una ciudad? No lo sé, pero sospecho que, en su sabia reflexión, intuyó a Mendoza.

La cultura del agua en Mendoza no ha sido el mérito de una sola generación. Es la yuxtaposición de esfuerzos de varias generaciones y de varias culturas en un mismo territorio, largamente historizado.

Mientras que en otros sitios del mundo los cauces de agua han unido, aquí se han usado como excusa para separar. Se usaron para desmembrar a la Ciudad de Mendoza histórica de sus tradicionales arrabales [San José- mi barrio - Pedro Molina y La Chimba]; para dividir los barrios de los ricos de los barrios de los pobres, cuando no constituyeron, directamente, los cauces secos, o sus márgenes, sitios con aparente reparo y donde se refugian aún los indigentes [nuestros homeless ]. Cuando el agua caía intempestivamente, se llevaba puesto todo a su paso: animales, gentes, casas, cultivos…

<a name="_Toc88921346"></a> <a name="_Toc88920613">Foto de la tradicional acequia de canto rodado con agua circulando. </a>

Son las acequias, pese a todo, las que más connotan la urbanidad mendocina. Todos los barrios y las casas que aquí se edifican, aun las más modestas o las más alejadas de los reales cursos de agua, se urbanizan con acequias y se planta un árbol en el frente de las mismas. Porque toda casa en Mendoza para ser tal: debe tener acequia y árbol. No cumplir con este ritual denotaría no ser de Mendoza, ser un bárbaro. La acequia está prevista por si en algún momento aparece o circula el agua, aunque la mayoría de las veces ésta nunca corra de manera efectiva, ya sea porque dichas casas están situadas en el piedemonte, o porque están emplazadas fuera del circuito de regadío y a ese árbol plantado se deba regarle con la canilla familiar del agua potable. La forma aquí excusa a la función.

Cien razones podrían darse y todas serían válidas para explicar el por qué del olvido y el degrado de nuestras acequias urbanas. Éstas deberían estar limpias y generalmente están sucias; la gente barre las veredas y esconde las basuras en ellas, mezclándose allí con plásticos y roedores; deberían ser de canto rodado para facilitar la permeabilidad del agua y por razones “prácticas” hoy son de cemento; deberían ser a cielo abierto y la gente las recubre con veredas. La excusa es que no siempre están “presentables”.

Por más que las queramos ennoblecer diciendo que los árabes embellecieron con ellas los huertos de Granada, sospecha hay en las acequias de ser pariente pobre y puede que sea cierto. Por ello, presiento que más allá del cliché de las “acequias cantarinas y rumorosas” hay algo más, que no se manifiesta en el discurso, pero que está en el imaginario social de los mendocinos, una señal que nos remite a nuestro origen agrario, a nuestra vulnerabilidad como oasis.

Sin embargo, son las acequias las que más nos recuerdan nuestro pasado indígena, en una sociedad, como la argentina, que se tiene por tan europea. Tal vez puedan ser ellas el disparador social para ver nuestra identidad también desde otros lugares más consistentes que los que hemos solido usar para explicarnos.

Las acequias han tenido el mérito de haber estado desde siempre, desde antes que la ciudad misma existiera y haberla acompañado en sus diferentes etapas y en sus diferentes prácticas sociales. Así, puede explicarse que, en las zonas rurales o marginales, aún hoy, se las siga usando como provisión de agua potable, como en los tiempos indígenas, como en los tiempos coloniales. Nada extraño para una ciudad latinoamericana, como Mendoza, donde conviven todos los tiempos: la pre-modernidad , la modernidad y la post-modernidad en un mismo presente y en espacios que se rozan.

¿Por qué los Caciques del Agua?

ü  Porque Mendoza constituyó el punto más austral del imperio Inca, circunstancia que entronca su genealogía con la cultura aborigen más desarrollada del hemisferio sudamericano. Una ciudad con un pasado Huarpe, Incaico, español y una pertenencia al mundo andino que suele minimizarse o simplemente olvidarse. No poca historia, no poca tradición, que, sin embargo, se desdeña a la hora de intentar definir nuestra identidad.

ü  Porque así como yo de niño, aún viviendo sobre un sustrato indígena huarpe : las tierras de Tantayquen, no lo supe, dado que el espacio no estaba culturalmente historizado, muchos otros también lo desconocen. Aquel canal Tovar de mi infancia había sido, precisamente, aquella Acequia alta de Tantayquen de la que hablaban los caciques comarcanos en una reunión de 1574.

ü  Porque merece conocerse más respecto de aquella comunidad huarpe que sus tierras perdieron, sus hijos desperdigaron y sólo el rastro de sus acequias quedó. Y que, si no fuera por ellas, que conservaron los nombres de sus caciques, habrían desaparecido del todo. No digo de la historia grande, que los ha ignorado, sino de la memoria colectiva, aunque su legado no fue para nada menor: un sistema hídrico base del desarrollo de toda la comunidad mendocina.

ü  Porque estos caciques no trascendieron, como otros pueblos aborígenes, por sus batallas ni por sus excesos de furia. Fueron, ni más ni menos, mansos agricultores: Los caciques del agua . Los dueños de las acequias...

Para concluir, cabe admitir que este libro ha sido hecho con obstinada pasión, esfuerzo y minuciosa perseverancia. Escudriñando, tanto en nuestro pasado como comunidad, como en nuestras propias vivencias personales; rescatando el testimonio propio y el de otros; reconstruyendo la memoria en materia hídrica de la herencia huarpe , del aporte español y del inmigrante extranjero; contestando, de alguna manera, a quienes creen que sólo descendemos de los barcos...

J. R. P.

 

 

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<a style="mso-footnote-id: ftn1;" name="_ftn1" href="#_ftnref1">[1] </a> Escritor italiano nacido en Santiago de las Vegas, Cuba, en 1923 y muerto en Siena, Italia en 1985, en su hermoso libro Las Ciudades invisibles.

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