Celia Spa

Mi Vida
By Celia Cruz

Rayo

Copyright © 2005 Celia Cruz
All right reserved.

ISBN: 0060751509

Uno

Mi Madre, Cuba

Todo el mundo sabe que siempre he dicho que no quiero hacer un libro sobre mi vida. Yo preferiría hacer una película, pero no un libro. Y, sin embargo, aquí estamos. Lo hago porque cuando yo ya no esté, va a haber quien diga, «Celia era así», y otros que dirán, «No, ella era de esta otra manera». En tal caso, prefiero decirlo yo, para que nadie nunca pueda decir lo que yo pienso de mi propia vida. Nunca.

Este libro reúne mis opiniones, mis recuerdos, mis puntos de vista y mis sentimientos. Donde exista una diferencia entre mi experiencia y la de otros, sencillamente les recuerdo que cada cual ve las cosas a su manera. Este libro y estos recuerdos son los míos. ¿Y quién mejor que yo para contarlos?

Me llamo Úrsula Hilaria Celia Caridad Cruz Alfonso. Soy hija de Catalina Alfonso, a quien todos le decían «Ollita», y de Simón Cruz. Nací en La Habana, Cuba, en la sección más pobre de un barrio de clase media y trabajadora donde vivían personas de todas las razas y colores. El barrio se llamaba Santos Suárez, y la casita donde nací y me crié estaba situada en la calle Serrano, nro. 47, entre las calles Santos Suárez y Enamorados. Como ha habido tantos cambios horrorosos en Cuba -- y desde que salí, más nunca he vuelto -- , no sé si aquella casita en la que viví todavía existe como la recuerdo.

Mi primera aparición en la escena fue el veintiuno de octubre de mil novecientos algo. Es decir, nunca divulgaré el año en que nací. Nunca me quito la edad, pero tampoco la digo. Quien quiera saber el año en que nací, tendrá que esperar. La funeraria algún día lo dirá, pero lo que soy yo, no les contaré nada. Tendrán que seguir adivinando.

El asunto de mi nacimiento fue algo muy grande entre mi tía Ana y mi mamá Ollita, ya que las dos hermanas se querían mucho. Resulta que cuando Ollita estaba en estado conmigo, a tía Ana se le murió una hijita recién nacida. La muerte de esa niñita la afectó tanto, que más nunca quiso volver a tener hijos.

Ollita estaba en La Habana cuando murió la hija de tía Ana, y puesto que tía Ana vivía a unos doscientos kilómetros, en la ciudad de Pinar del Río, mi mamá -- con un embarazo reciente -- , tuvo que viajar hasta allá para ayudar a consolar a su hermana. Cuando Ollita llegó a la casa de mi tía y de su marido, Panchito, la encontró con la niña muerta en sus brazos, rodeada de otras mujeres que le suplicaban y le rogaban que se desprendiera del cadáver. Ollita se le acercó a su hermana, y con besos y ternuras la calmó hasta que al fin soltó a su hijita, resignándose a su triste suerte.

Aunque tía Ana estaba sin consuelo, mi mamá le decía: «Ana, cuando un niño muere al nacer o cuando nace muerto, es que su alma va a regresar. Tienes tú que marcar a la bebita para que vuelva a nacer en la familia». Pero creo que mi mamá nunca se imaginó que su hermana se tomaría esas palabras tan en serio.

Prepararon a la niña difunta para el velorio y comenzaron los rezos. Pero tía Ana ni siquiera lloraba; simplemente se mantenía en silencio, con la mirada fija en el féretro. Pero de repente se levantó sin decir palabra alguna, se inclinó sobre el ataúd donde reposaba su hija, y le dijo: «Yo sé que algún día tú vas a regresar, y yo te voy a esperar. Para poder reconocerte, te voy a jorobar los deditos». Con eso, le agarró los meñiques y se los dobló hacia los pulgares hasta que se oyó un ¡crac! y todo el salón quedó en silencio.

Ollita, que estaba sentada en una silla cerca del féretro, me contó que sufrió una impresión tan grande cuando vio lo que hizo su hermana, que sintió como si alguien la hubiera golpeado en el pecho y que hasta me sintió saltar en su vientre. Me contó que se le fue el aire y que casi se desmaya, pero que las demás señoras presentes corrieron a sostenerla, darle agua y tranquilizarla con aire fresco que le echaban con abanicos de paja. Al día siguiente le dieron cristiana sepultura a mi primita difunta, y Ollita se quedó por unos días con tía Ana en Pinar del Río, antes de regresar a La Habana.

Unos meses más tarde, durante una tarde fresca, Ollita se encontraba sentada en el portal de la casa de Santos Suárez, cantando como de costumbre. De pronto sopló una fuerte brisa que la hizo taparse los brazos para protegerse del frío, y en el momento que se iba a levantar para ponerse una mantillita, oyó como si le dijeran un nombre en el oído. A partir de ese momento mi mamá supo que yo iba a ser una niña y que me llamaría Celia Caridad.

En mi amada Cuba hay sólo dos temporadas: la seca y la de lluvia, y en las dos hace mucho calor. A fines de octubre, las fuertes lluvias se calman un poco, pero aun así, todo el mundo se prepara, porque se sabe que se aproxima un fuerte calor cargado de humedad. Fue en esos días -- rodeada de cantos y rezos-- que decidí entrar en el mundo.

Como se sentía tan pesada y tan torpe, Ollita pasaba el tiempo mirándose la barriga, y ese día se la vio enorme. Con tantos fríjoles negros y arroz que se comían en esa época en Cuba, los niños nacían grandes. De hecho, mi mamá me contó que el día en que nací, su barriga se sentía tan grande y tan pesada que apenas lograba mantenerse de pie. Comprendió entonces que sólo faltaban pocas horas para que naciera, y así fue.

Continues...



Continues...


Excerpted from Celia Spa by Celia Cruz Copyright © 2005 by Celia Cruz. Excerpted by permission.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
Excerpts are provided by Dial-A-Book Inc. solely for the personal use of visitors to this web site.